Zapatos de bruja. Rubi Mata

El sol se asomaba por el cielo con la belleza de una pintura de Turner, mis pequeñas manos cálidas y suaves  como el algodón rozaban los pétalos blancos de los claveles, mientras recorría el camino de flores y velas. Y aunque mi padre me insistía en que me detuviera, que aminorara el paso por respeto a los que ya no estaban, yo no podía detenerme, intentaba seguir el sonido del viento, el susurro que me guiaba.

A hurtadillas pase entre la multitud, esquivando a las torres negras para poder responder al llamado, sin ser vista me escabullí por las viejas paredes hasta llegar al que era el cuarto de mi abuela. La encontré del otro lado de la puerta sentada en la esquina de su cama, la salude como siempre, con un brazo por su cintura y mi cabeza sobre su pecho, lucía más clara de lo habitual, y la luz parecía traspasarla de una forma mágica.

Me tomo la mano y me condujo al ropero.

-no pude entregártelas antes, y aunque no te queden pronto lo harán.

Entre sus pálidas y arrugadas manos las zapatillas negras de cuero se resbalaban de sus dedos, incapaz de sostenerlas, yo las tomé y corrí con ellas en las manos por toda la habitación.

Sonriéndome desde la nada con el atisbo de su última risa en sus labios se desvaneció lentamente, aun con sus últimas palabras quebrándose en el aire.

-mi poder ha nacido en ti.

Durante años desperté  cada día saltando de la cama, solo para probarme las zapatillas y así de la misma forma cientos de ocasiones me decepcione al ver a  mis pies aún demasiado pequeños para ellas. 

Un día cansada de la constante decepción pregunte a mi madre.

-¿Cuándo me quedaran las zapatillas de la abuela?

-Quedarán cuando estés lista- dijo amablemente

-¿Cuándo esté lista para qué?

– Para la magia.

A partir de ese día mi madre me hablaba constantemente de esa fuerza cósmica que nace en almas especiales, fuerza que se hereda, una luz que nace.

Me pregunté si mi padre al igual que mi madre creía en la magia, de la que tanto me habló mi abuela y dela que me hablaba a hora mi mamá.

-¿Papá, tú crees en la Magia?

-No lo sé hija- dijo- Tendría que verla para creer en ella. ¿Sabes? Tu abuelo decía que los hombres de nuestra familia solo se casan con brujas.

Después de sus últimas palabras partió en risas, para mi padre solo era uno de esos chistes de los que solo los hombres se ríen y de los que las mujeres se enojaban.

Pero para mí fue la verdad más fuerte en mi vida.

Durante mis años de crecimiento me di a la tarea de aprender de la luz de mis ancestros, mi madre me enseño del té, de las cartas, de las runas, las muñecas, de las manos, de la historia y de la ciencia.

Por mi parte recolecté decenas de frases que se guardaron en mi corazón como las leyes de mi sangre.

A veces hacía comentarios ingeniosos al respecto de mis dones, a la hora de cocinar, cuando salía al parque, cuando escuchaba susurros de los fallecidos, y cuando las personas cerradas del alma se reían de mis rarezas.

Siempre me sentí diferente y con los años pensé que jamás encontraría a una persona que me entendiera y me apreciara con todo y mi don.

El día de mi decimoséptimo cumpleaños, revisando mis viejos cajones, encontré ese tesoro olvidado que deje encerrado en los baúles de mi memoria y que a hora volvía a mí como una antigua promesa.

Presurosa lance mis zapatos al aire y tome las zapatillas de mi abuela, las acuñe entre mis brazos y lentamente me las puse, un pie a la vez. 

Jamás pude explicar la corriente eléctrica que me recorrió de la punta de los pies al último cabello en mi cabeza.

La infinidad de rostros, almas e historias que pasaron como un rayo sobre mis ojos. Y la calidez en mi corazón que me embriago.

Los zapatos marcharon sin mi consentimiento, elevándome en cada paso. Ese  mismo día conocí un brujo quien sería mi esposo en el futuro.

Esos fueron mis primeros pasos de bruja, estos zapatos que algún día pertenecieron a mi abuela me llevaron a una vida llena de magia y amor.

-hoy son tuyos.

Sonreí a mi nieta mientras sentía como los brazos de la muerte me llevaban consigo.

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